EL DERECHO A PERMANECER SENTADO EN UNA FIESTA
por daniel titingerNo me pidan, como dios, santificar las fiestas. No me refiero a las fiestas de guardar, sino a las de bailar, que son, en todo caso, aun peores. Odio bailar. Odio que la gente baile a mi alrededor así como otros detestan el humo del cigarrillo ( y tb detesto el humo del cigarrillo). La inmovilidad necesita su espacio y los festejos no han sido diseñados para respetar la individualidad del ser: quedarse solo en una mesa mientras todos bailan podría ser visto no como un derecho a la soledad (ganado en todas esas fiestas a las que nunca fuiste), sino como una prueba irrefutable de tu naturaleza antisocial. Es curioso que el simple hecho de no bailar resulte a veces, en el calor de una fiesta, insoportable para la gente que le gusta bailar, y en parte no voy a fiestas pq no soporto que no me soporten. Las fiestas se han convertido en una excusa para bailar, cuando debería ser al revés. Desde su promera fogata, el hombre ha danzado para provocar la lluvia, contentar a los dioses de ficción, apaciguar a los demonios reales, honrar a la Tierra y al Sol. ¿Qué clase de objetivo altruista puede haber en dos cuerpos que se sacuden y se soban, sudan y se rasguñan al ritmo de la última cumbia? Lo mismo puede hacerse desde posiciones menos musicales (y verticales): la ostentación del ritmo no es exclusiva de una pista de baile.

1 comentario:
algunas de las mejores fiestas en las que he estado no ha bailado nadie...
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